Algunas reflexiones al cumplir medio siglo de vida


Por Sugel Michelén

Bueno, llegó el día. Desde que se inició el 2009 he estado muy consciente de que en este año iba a llegar a los 50. Y no es que me sienta deprimido o “acabado”, pero sí me ha llevado a reflexionar seriamente en el hecho de que estoy entrando en la última etapa productiva de mi vida.

Según las Escrituras, la media de vida de un ser humano son 70 años, y en los más robustos 80. Eso quiere decir que, a menos que el Señor venga antes o me lleve a Su presencia, probablemente me restan unos 20 ó 30 años y quiero estar seguro de que voy a emplearlos bien.

Cuando somos jóvenes sentimos que tenemos toda una vida por delante, y esa sensación (que es engañosa, porque en realidad no sabemos qué tanto viviremos) puede llevarnos a ver el tiempo como una mercancía que tenemos en abundancia y que puede ser desperdiciada.

Pero cuando nos toca llenar un formulario, y en el renglón “edad” escribimos “50”, de repente nos damos cuenta que los años han pasado como un pensamiento, como dice Santiago en su carta, y que no podemos darnos el lujo de dilapidar el tiempo que nos resta.

Por supuesto, nadie debe darse ese lujo, no importa la edad que tenga. Cuando Pablo escribe en Efesios 5:16 que debemos aprovechar el tiempo porque los días son malos, no se refiere únicamente a aquellos que, como yo, han comenzado a transitar “la juventud de la vejez”; dilapidar el tiempo es andar como necios, no como sabios (Ef. 5:15). Pero esa consciencia nos golpea más fuertemente a medida que pasan los años.

De manera que aquí estoy, cumpliendo medio siglo de vida, algo que quiero celebrar recordando las misericordias y bondades de Dios para conmigo, Su amor incondicional, Su inigualable paciencia.

Hoy no me siento más viejo que ayer, pero el hecho objetivo es que estoy más viejo y más cerca del final de mi peregrinaje. De Su gracia dependo para seguir corriendo la carrera con los ojos puestos en Jesús hasta aquel día en que deje de caminar por fe para comenzar a caminar por vista. Por lo pronto, celebraré mi cumpleaños dándole a mi alma el decreto que el salmista le dio a la suya:

Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila (Salmo 103:1-5).

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

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