La ética hedonista: El hedonismo altruista


El hedonismo experimentó una especie de avivamiento debido a la enseñanza de hombres como Jeremy Bentham (1748-1832) y John Stuart Mill (1806-1873 – cuyo rostro acompaña este artículo).

Al igual que los hedonistas antiguos, Bentham también creía que el placer es el mayor bien y que los placeres difieren únicamente en cantidad, no en calidad. Precisamente por eso, él urgía a las personas a procurar la felicidad del mayor número de personas.

Eventualmente esta teoría vino a ser conocida como “consecuencialismo”, por cuanto la bondad de un acto se medía únicamente en base a sus consecuencias, en este caso, su tendencia a producir la mayor cantidad de felicidad al mayor número de personas.

El ensayista escocés Thomas Carlyle (1795-1881) presentó una fuerte crítica al hedonismo, al que llamó “una filosofía de cerdos”. Según Carlyle, si el placer es el mayor bien, entonces ese bien mayor es obtenible tanto por un cerdo que se revuelca en el lodo, como por un príncipe, un profesor o un poeta.

Viendo que Carlyle tenía razón en su crítica, Mill escribió un libro titulado “Utilitarianismo” (1861) en el cual presentó una nueva versión del hedonismo. Recuerden que antes de Mill los hedonistas habían insistido en que los placeres sólo diferían en cantidad, no en calidad.

Pero ahora Mill resaltaba que algunos placeres pueden ser superiores a otros en calidad. De ahí sus conocidas palabras: “Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un puerco satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho” (cit. por RN; pg. 352).

Lo que Mill no parece haber captado es que tan pronto introdujo una diferencia cualitativa en los placeres sembró la semilla de destrucción del hedonismo. Si el mayor bien es el placer, entonces la única manera de obtener un mejor placer es incrementando su cantidad. Tan pronto decimos que un placer puede ser mejor que otro en calidad estamos destronando al placer como el mayor bien.

Nash explica este punto con la siguiente analogía: “Supón que alguien afirme que el dinero es el mayor bien y luego añada que el dinero ganado enseñando filosofía es mejor que el dinero ganado robando bancos. Si el dinero es el mayor bien, no tiene importancia cómo lo adquieras. Todo lo que importa es obtener más. Una vez introducimos consideraciones cualitativas, él ha cruzado la línea donde el dinero no es ni puede ser el mayor bien. La razón para eso es debido a que ahora hay un estándar más alto que el dinero. Por cuanto este nuevo estándar que ha sido introducido nos capacita para pasar juicio entre dos pilas de dinero no tomando en cuenta la cantidad, el dinero ya dejó de ser el mayor bien. El estándar por medio del cual juzgamos algunas pilas de dinero como superior a otras, sin tomar en cuenta la cantidad, es [entonces] el mayor bien”.

El utilitarianismo hedonista fue fuertemente atacado por los filósofos en las décadas que siguieron a Mill. El foco principal del ataque de estos pensadores era que depender exclusivamente del placer para evaluar lo bueno de una acción producía, a la larga, resultados embarazosos.

Pero con la publicación en 1903 de la obra Principia Ethica, del filósofo británico G. E. Moore (1873-1958), el utilitarianismo comenzó a tomar una dirección no hedonista y que vino a ser conocido como “Utilitarianismo ideal”. Su tesis principal es que nosotros debemos actuar en la manera que produzca el mayor bien y no simplemente el mayor placer.

A primera vista, esta postura parece mejor que la del hedonismo altruista; pero lo cierto es que el utilitarianismo no provee una base ética estable y justa. Pensemos en los siguientes escenarios.

Supongamos que en la nación “A” hay un gobierno justo en el que sólo las personas culpables son acusadas, juzgadas y condenadas, mientras que en la nación “B” se guían por el mismo principio, excepto en algunos raros casos en los que, a juicio de las autoridades, el acusar personas inocentes pueda ser de utilidad para el bien común.

Nash cita como un ejemplo posible de esta situación hipotética el caso real de Jack el Destripador, que entre Agosto 7 y Noviembre 10 del 1888 asesinó unas 14 prostitutas degollándolas y descuartizándolas. Una de las teorías que se han propuesto en cuanto a la identidad del asesino es que se trataba de un sobrino de la reina Victoria que padecía insanidad mental. Tan pronto fue recluido los asesinatos pararon.

Supongamos que las autoridades de Londres llegaran a la conclusión de que haría menos daño al bien público acusar del crimen a un pobre residente de la ciudad, sin familia y sin notoriedad, que acusar al sobrino de la reina. Esa acción calmaría el ansia de justicia de la población sin afectar la monarquía.

De acuerdo al utilitarianismo ideal, por los buenos resultados que se obtendrían para la mayoría de las personas, la nación “B” sería éticamente superior que la nación “A”. Como bien señala Nash: “Aunque las consecuencias de nuestras acciones a menudo son importantes, difícilmente puede ser la única cosa que consideremos al determinar la moralidad de una acción”.

Como hemos podido ver, los sistemas éticos desarrollados por el hombre terminan todos empantanados, sea el subjetivismo ético, el relativismo ético, la ética situacional, y el hedonismo ético (ya sea en su forma egoísta o altruista). Habiendo establecido esa base, ahora estamos mejor preparados para tratar el tema de la ética bíblica y el problema de la existencia del mal; pero eso lo veremos, Dios mediante, la próxima semana.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

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