Calvino y el Libre Albedrío

Siempre que se menciona la doctrina bíblica de la predestinación o de la voluntad, estas se asocian de inmediato con Calvino y el calvinismo. Sin embargo, lo cierto es que el aporte de Calvino en ambos asuntos fue considerablemente menor al de Lutero. “Quizás el nombre de Calvino figura más prominentemente en la moderna discusión de la voluntad por lo mucho que han hecho sus seguidores en las iglesias Reformadas para mantener viva la tradición del Agustinianismo”, dice R C. Sproul.

Calvino inicia la discusión de su tema en la Institución advirtiendo al lector de dos errores que debemos evitar al tratar el tema de la voluntad humana en el estado caído:

“Después de haber visto que la tiranía del pecado, después de someter al primer hombre, no solamente consiguió el dominio sobre todo el género humano, sino que domina totalmente en el alma de cada hombre en particular, debemos considerar ahora si, después de haber caído en este cautiverio, hemos perdido toda la libertad que teníamos, o si queda aún en nosotros algún indicio de la misma, y hasta dónde alcanza” (Inst. 2.2.1).

En otras palabras, debemos determinar en qué sentido es el hombre un esclavo y en qué sentido no lo es para evitar así dos errores comunes: el primero es el de privar a Dios de Su gloria atribuyéndose a sí mismo aquello que sólo Él puede hacer; el segundo es que algunos se vuelvan indolentes y pasivos en lo que respecta a la salvación al escuchar que no hay ningún bien en nosotros y que somos esclavos del pecado.

“Por tanto, para no caer en tales inconvenientes, hay que usar de tal moderación que el hombre, al enseñarle que no hay en él bien alguno y que está cercado por todas partes de miseria y necesidad, comprenda, sin embargo, que ha de tender al bien de que está privado y a la libertad de la que se halla despojado, y se despierte realmente de su torpeza más que si le hiciesen comprender que tenía la mayor virtud y poder para conseguido” (Inst. 2.2.1).

Calvino pasa a considerar, entonces, las teorías asumidas por los filósofos paganos acerca de la voluntad para mostrar cómo éstos están conscientes de la dificultad que tiene el hombre para sobreponerse a su naturaleza sensual y gobernarse por la razón, y cómo, sin embargo, aun así atribuyen gloria al hombre por sus virtudes. “Y, de hecho, algunos de ellos llegaron a tal desatino, que jactanciosamente afirmaron que es beneficio de los dioses que vivamos, pero es mérito nuestro el vivir honesta y santamente. Y Cicerón se atrevió a decir… que como cada cual adquiere su propia virtud, ninguno entre los sabios ha dado gracias a Dios por ella; porque – dice él – por la virtud somos alabados, y de ella nos gloriamos; lo cual no sería así, si la virtud fuese un don de Dios y no procediese de nosotros mismos” (Inst. 2.2.3). Lamentablemente, sigue diciendo Calvino, algunos de los padres y teólogos de la iglesia temprana se amoldaron “excesivamente en esta materia a los filósofos” (Inst. 2.2.4).

“Crisóstomo dice en cierto lugar: ‘Dios nos ha dado la facultad de obrar bien o mal, dándonos el libre arbitrio para escoger el primero y dejar el segundo; no nos lleva a la fuerza, pero nos recibe si voluntariamente vamos a Él’. Y: ‘Muchas veces el malo se hace bueno si quiere, y el bueno cae por su torpeza, y se hace malo, porque Dios ha conferido a nuestra naturaleza el libre albedrío y no nos impone las cosas por necesidad, sino que nos da los remedios de que hemos de servimos, si nos parece bien’. Y también: ‘Así como no podremos jamás hacer ninguna obra buena sin ayuda de la gracia de Dios, tampoco, si no ponemos lo que está de nuestra parte, podremos nunca conseguir su gracia.’ Y antes había dicho: ‘Para que no todo sea mero favor divino, es preciso que pongamos algo de nuestra parte’. Y es una frase muy corriente en él: Hagamos lo que está de nuestra parte, y Dios suplirá lo demás’” (Inst. 2.2.4).

Agustín fue de los pocos padres que se opuso a este punto de vista, llegando a declarar que “los dones naturales se encuentran corrompidos en el hombre, y los sobrenaturales – los que se refieren a la vida eterna – le han sido quitados del todo”. Pero, sigue diciendo Calvino, “apenas de ciento uno entendió lo que esto quiere decir” (Inst. 2.2.5).

Luego Calvino pasa a explicar que para algunos teólogos escolásticos el término “libre albedrío” significaba simplemente, no que el hombre sea capaz de escoger por sí mismo lo bueno o lo malo, sino que cuando peca lo hace voluntariamente, sin coacción (algo con lo que él está plenamente de acuerdo).

Pero si es a esto que se refieren ¿para qué atribuirle “un título tan arrogante a una cosa tan intrascendente”?, pregunta Calvino. “¡Donosa libertad, en verdad, decir que el hombre no se ve forzado a pecar, sino que de tal manera es voluntariamente esclavo, que su voluntad está aherrojada con las cadenas del pecado!” (Inst. 2.2.7).

Por tal razón, Calvino prefiere que el término “libre albedrío” fuese descartado por el peligro de ser interpretado como significando “que el hombre es señor de su entendimiento y de su voluntad, con potestad natural para inclinarse a una u otra alternativa” (Inst. 2.2.7).

“Por lo tanto, si alguno quiere usar esta expresión – con tal de que la entienda rectamente – yo no me opongo a ello; mas, como al parecer, no es posible su uso sin gran peligro, y, al contrario, sería un gran bien para la Iglesia que fuese olvidada, preferiría no usarla; y si alguno me pidiera consejo sobre el particular, le diría que se abstuviera de su empleo” (Inst. 2.2.8).

Ahora bien, es importante aclarar en qué sentido fuimos afectados por la caída y en cuál no, tanto en lo que respecta al entendimiento como en lo que respecta a la voluntad.

“Decir que el entendimiento está tan ciego, que carece en absoluto de inteligencia respecto a todas las cosas del mundo, repugnaría, no sólo a la Palabra de Dios, sino también a la experiencia de cada día. Pues vemos que en la naturaleza humana existe un cierto deseo de investigar la verdad, hacia la cual no sentiría tanta inclinación si antes no tuviese gusto por ella” (Inst. 2.2.12).

Lamentablemente, ese gusto por la verdad no lleva de la mano a aplicarse en la búsqueda de las cosas celestiales, aunque diga tenerlas en alta estima, sino que se empeña más bien en las cosas terrenales.

Según Calvino, en lo que respecta al conocimiento de Dios, así como “su voluntad paternal, y su favor por nosotros, en el cual se apoya nuestra salvación… los hombres más inteligentes son tan ciegos como topos” (Inst. 2.2.18).

Es necesario que Dios regenere e ilumine al pecador para que pueda conocer a Dios. “Por eso el Señor por su profeta promete como un singular beneficio de su gracia que daría a los israelitas entendimiento para que le conociesen (Jer. 24, 7), dando con ello a entender evidentemente, que el entendimiento humano en las cosas espirituales no puede entender más que en cuanto es iluminado por Dios. Esto mismo lo confirmó Cristo con sus palabras, cuando dijo que nadie puede ir a Él sino aquel a quien el Padre lo hubiere concedido (Jn. 6, 44) (Inst. 2.2.20).

Sólo por medio de la regeneración puede el hombre librarse de la esclavitud del pecado; junto con Agustín y Lutero Calvino sostiene que el hombre no puede, de ningún modo, liberarse a sí mismo.

Habiendo establecido esto, Calvino avanza un poco más distinguiendo entre necesidad y violencia. Siendo un esclavo del pecado el hombre no puede hacer otra cosa que pecar, pero no porque sea forzado a ello, sino porque esa es la inclinación de su voluntad. En otras palabras, el hombre sigue teniendo la voluntad y el querer, pero esa voluntad no puede por sí misma inclinarse al bien porque es una voluntad esclavizada al pecado. Así que ningún hombre es forzado a pecar, sino que peca por su propia inclinación.

Para probar su punto Calvino cita el ejemplo de Dios y el ejemplo del diablo. Dios no puede hacer que otra cosa que el bien, mientras que el diablo no puede hacer otra cosa que el mal; pero ninguno de los dos son forzados a actuar, sino que ambos actúan en conformidad con su propia naturaleza. Es necesario para Dios hacer el bien, como es necesario para el diablo hacer el mal; pero esa necesidad no es compulsión.

“Así que debemos tener en cuenta esta distinción: que el hombre, después de su corrupción por su caída, peca voluntariamente, no forzado ni violentado; en virtud de una inclinación muy acentuada a pecar, y no por fuerza; por un movimiento de su misma concupiscencia, no porque otro le impulse a ello; y, sin embargo, que su naturaleza es tan perversa que no puede ser inducido ni encaminado más que al mal. Si esto es verdad, evidentemente está sometido a la necesidad de pecar” (Inst. 2.3.5).

De igual manera, cuando somos salvados por la gracia de Dios, somos librados de la esclavitud del pecado para que podamos libremente tornarnos hacia Dios. No somos forzados a venir al Señor en arrepentimiento y fe; más bien somos transformados en nuestro hombre interior de tal manera que la orientación de nuestras almas es cambiada del pecado hacia Dios.

Esa obra de gracia en nosotros es irresistible, dice Calvino: “Dios mueve nuestra voluntad, no como durante mucho tiempo se ha enseñado y creído, de tal manera que después esté en nuestra mano desobedecer u oponernos a dicho impulso; sino con tal eficacia, que hay que seguirlo por necesidad. Por esta razón no se puede admitir lo que tantas veces repite san Crisóstomo: ‘Dios no atrae sino a aquellos que quieren ser atraídos’. Con lo cual quiere dar a entender que Dios extiende su mano hacia nosotros, esperando únicamente que aceptemos ser ayudados por su gracia. Concedemos, desde luego, que mientras el hombre permaneció en su perfección, su estado era tal que podía inclinarse a una u otra parte; pero después de que Adán ha demostrado con su ejemplo cuán pobre cosa es el libre albedrío, si Dios no lo quiere y lo puede todo en nosotros, ¿de qué nos servirá que nos otorgue su gracia de esa manera? Nosotros la destruiremos con nuestra ingratitud. Y el Apóstol no nos enseña que nos sea ofrecida la gracia de querer el bien, de suerte que podamos aceptarla, sino que Dios hace y forma en nosotros el querer; lo cual no significa otra cosa sino que Dios, por su Espíritu, encamina nuestro corazón, lo lleva y lo dirige, y reina en él como cosa suya” (Inst. 2.3.10).

En conclusión, Calvino enseña que la voluntad en su estado caído es esclava del pecado. Aunque el hombre sigue poseyendo capacidad de autodeterminación, de tal manera que al actuar no lo hace por coacción, sino voluntariamente, sus actos son, por necesidad, pecaminosos, hasta que Dios obra en nosotros la regeneración. Esa obra de regeneración es monergística en su inicio, siendo el hombre un ente pasivo en ella.

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