El pecado original y el libre albedrío en la teología de Agustín de Hipona


Mucho se ha discutido a través de la Historia de la Iglesia sobre cuál es el papel que juega la gracia de Dios en la salvación y cuál es el papel de la voluntad humana.

El punto de partida para esta discusión debe ser las doctrinas del pecado original y el libre albedrío. ¿Cuán dañada está la raza humana por causa de la caída de nuestros primeros padres? ¿Está el hombre espiritualmente muerto o simplemente enfermo? ¿Elige Dios a los que Él sabe de antemano que van a creer o creen aquellos a quienes Dios elige?

Aunque los padres de la iglesia post apostólica trataron ambos tópicos, es con Agustín de Hipona cuando llegamos al punto más alto de la teología patrística sobre la doctrina del hombre.

Según Agustín, tan pronto Adán pecó perdió la libertad en la que fue creado quedando en un estado de total impotencia para moverse hacia Dios, y traspasó esa misma condición a su descendencia.

“Como resultado de la entrada del pecado en el mundo, el hombre nunca más puede desear el verdadero bien, el cual está arraigado en el amor de Dios, ni tampoco realizar su verdadero destino, más bien se hunde más y más en la esclavitud”.

De esto se deduce lógicamente que la regeneración es una obra exclusiva de la gracia de Dios; no en el sentido de que la gracia obligue al hombre a actuar conforme a la voluntad de Dios, sino que esta gracia (a la que Agustín llama “irresistible”) opera en nosotros renovando nuestra voluntad y restableciendo nuestra verdadera libertad.

“Dios puede obrar en la voluntad, y de hecho lo hace, de modo que el hombre se torna libremente hacia la virtud y santidad. De esta manera la gracia de Dios se convierte en la fuente de todo bien en el hombre”.

“La gracia – dice William Shedd comentando la postura de Agustín – es impartida al hombre pecador, no porque cree, sino con la finalidad de que crea; pues la fe misma es un don de Dios”.

“Al que no quiere previene, para que quiera; y al que quiere, acompaña, para que no quiera en vano”, dice Agustín.

En este punto debemos añadir que Agustín distingue varias etapas en la obra que la gracia divina hace en el pecador. La primera es la “gracia precedente”, en la cual el Espíritu Santo produce en el pecador convicción de pecado y de culpa a través de la ley.

La segunda es la “gracia operativa”, la cual produce en el pecador fe en Cristo y en su obra redentora.

Y finalmente la “gracia cooperativa”, la cual permite que el hombre coopere en la obra continua de santificación al poseer ahora una voluntad renovada.

Esta doctrina del pecado y de la gracia llevó de la mano a Agustín a la doctrina de la predestinación. Aunque en un principio Agustín tendía a pensar que la predestinación dependía del previo conocimiento de Dios (representando a Dios como Aquel que elige a los que previamente Él sabía que habrían de creer), pronto se dio cuenta que esta postura no era consecuente con su doctrina del pecado y de la gracia, ya que coloca en el hombre la decisión de creer como si el hombre tuviese la capacidad de hacer tal cosa por sí solo.

Agustín concluyó, finalmente, que Dios obra en el tiempo conforme al plan que se propuso llevar a cabo en la eternidad y eso por el puro afecto de Su voluntad, no porque hubiese previsto que el hombre habría de creer.

Como era de esperar, estas ideas de Agustín sobre el pecado original y la necesidad de la gracia divina, obrando la regeneración en el pecador sin su cooperación, iban a encontrar oposición, pues es totalmente contraria a la naturaleza humana caída. Esta oposición alcanzaría su punto más alto en la controversia Pelagiana que veremos en nuestra próxima entrada.

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